Nadal Recupera el número 1 que perdió por sus lesiones


Hay lágrimas de muchos sabores. Amargas. Como las de Rafa Nadal el 31 de mayo de 2009. Bajo la toalla. En el vestuario de Roland Garros. Derrotado en octavos de final por un tal Robin Soderling, un sueco de 1,93 metros, casi noventa kilos y un látigo en el brazo. El público francés disfrutó al fin al ver cómo el mallorquín perdía en París. Su tío, Toni Nadal, les llamó «estúpidos». Después hubo lágrimas silenciosas, como las del Masters, en noviembre, cuando no ganó ningún set ante Davydendko, Djkovic y otra vez Soderling. Y lágrimas desesperadas en enero de esta temporada, al ver en el Open de Australia que sus rodillas volvían a quebrarse. «Ese día me sentí destruido. Lloré». Igual que ayer. Lágrimas emocionadas, las del vencedor por quinta vez de Roland Garros. Sólo Bjon Borg, con seis títulos, le supera. El llanto feliz sobre la tierra del nuevo número uno del tenis mundial: Rafael Nadal, que ayer reconquistó la arcilla de París ante Soderling, su verdugo un año atrás. Rey de nuevo.
El pasado martes, cuando Soderling eliminó a Roger Federer, el suizo le dejó vía libre a la final y también le traspasó esa duda que reconcome a todos los rivales habituales de Nadal. Esa pregunta. Soderling se la repitió ayer en cada juego. Suena algo así: «Saco más fuerte que él, (220 km/h, por 193 km/h de Nadal). Mi derecha es mucho más dura. Soy más alto, más fuerte. Doy golpes fantásticos... Entonces, ¿por qué estoy perdiendo?». Esa cuestión ha maniatado a toda un generación de adversarios del mallorquín. Al talento de Djokovic y hasta a la maestría infinita de Federer. Ayer, cuando Soderling abandonó la pista central de Roland Garros, ya no medía 1,93. Iba cabizbajo. En dos horas y cuarto, Nadal le había enterrado por 6-4, 6-2 y 6-4 con una clase magistral de tenis defensivo. Como él mismo hizo en 2008, nadie le ha ganado un set en esta edición. «Mi motivación es superarme a mí mismo», declaró antes del torneo. En eso está: el de ayer es su séptimo Grand Slam.